Cuando conocí a mi amiga Andrea lo menos que imaginé es que algún día nos pondríamos de acuerdo en temas políticos, yo le decía "mochilera trucha", un poco riéndome de lo extraño que era que alguien con su pensamiento, que amara tanto al campo y a sus raíces hubiera terminado trabajando para Naciones Unidas o B&U empresa que conocí por ella, y como no, por su antecesora (pues no paraban de hablar de ella y de comparar los procesos unfpeños con la perfección brigaturriense)...
Con todo y ello, a mí, ella me parece una de las personas más coherentes en su forma de actuar y de pensar, una persona íntegra, que al igual que muchos en este país nos morimos de tristeza y de impotencia con los gobernantes que tenemos (los que a su vez, no estoy tan segura de que merezcamos). Así entonces después de varios años de conocernos, variaaaaaaaas cervezas de por medio, y varias transiciones de lado y lado, parece que llegamos a un punto medio, y quiero publicar aquí un texto que ella escribió y con el que estoy de acuerdo desde "Hoy" hasta "Imposible"...
Y yo también votaré por mí... porque no nos queda mucho más qué hacer...
Un voto devoto
Hoy me colgué de RCN, pero no como a la teta cultural de la que maman muchos sino como el escenario (plano) en el que los líderes/as de la patria iban a demostrar de qué están hechos.
Me aterró lo que vi. Vi cinco seres humanos con mentes brillantes, pero con pobres corazones. Se ofendieron, se retaron. Quisiera que el principio de estas campañas sea “para hablar bien de su mamá, no tiene que hablar mal de la mía". Escuché candidatos/as que hablaron de todo, menos de lo que debe ser su prioridad: la complicada realidad colombiana.
Escuché a una Martha Lucía que defiende a la familia y a la mujer, pero sólo a las que para ellas son ‘mujeres de bien’. Para ella un niño tiene derecho a crecer PERO con un padre y una madre ¿Acaso las chicas gay no son también mujeres? No entiendo que sociedad equitativa es la que ella pregona.
Oí a un Juan Manuel Santos cansado, pero convencido de haber contribuido a un país que sólo sus ojos reconocen y que dentro de su ‘realismo mágico’ sólo él puede describir y asegurar. Me dan ganas de decirle: ‘Juan Ma, vive Colombia, viaja por ella’. Es un hombre terco. Un espectador de esta tierrita desde su panóptico cómodo y costoso. No obstante, me impresionó la actitud tan resentida de sus colegas, quienes se ensañaban contra él, sin reconocer que dirigir a este país – en el que pululan muchos colombianos tan egoístas como ellos – no es una tarea fácil.
Recordé en Enrique Peñalosa a aquellos ‘niños bien’ que se creen lugareños porque cada ocho días van a la finca. En su urbanismo y ‘cementismo’ asegura conocer al sector rural porque sembró tomates y su familia se dedicó a la producción de palmito. Coincide con el títere del innombrable en que hay que llenar de cámaras este país, para disminuir la inseguridad y le apunta a la construcción de cárceles (ya sabe que es el negocio del presente en ‘la USA’) ¿Sera eso lo que le enseñan a uno en NYU?
Doña Clara, que más bien parece yema, habla de que ‘gracias a ella’ Bogotá pudo recibir la Calle 26 terminada ¡Era lo menos que podría hacer después de tanta ineptitud bipolar! (ahora tripolar). La oligarca de la pseudoizquierda de este país me aburre con su discurso trasnochado, pero además tengo un recuerdo que no me deja respetarla desde hace más de cinco años, cuando su casa de las afueras de Bogotá se inundó y un amigo mío, ayudante de un camión, tuvo que aguantarse sus gritos, ya que quienes le ayudaban a proteger las cosas no tuvieron más opción que empacarlas en bolsas negras, a lo que ella se rehusó porque ‘parecía desplazada’. No es coherente y por eso no le creo su preocupación por ‘el pueblo’. Que no haga las de Petro; mejor que se quede de opositora eterna que ahí está bien.
De don Oscar Iván Zuluaga no me provoca decir nada porque realmente para mí él es invisible. Yo sólo veo en él a su ventrílocuo (Ahora hasta habla igual). Me da pesar su familia, su salud, su discurso, su profesión; todo arriesgado por un odio ajeno. De todos es el más ciego y el menos inteligente. Tanto que ya ni se reconoce (desconoce su figura, su fisionomía) en un video en el que todo un país aprecia con claridad su presencia inimitable e inemulable.
Me duelen ellos. Sus propias vidas, tan vacías que les toca rellenarlas de politiquería, pero lo que más me duele es el país real. Esta Macondo sin un ciclón contundente que la salve. Me duelen los campesinos que claman mejores condiciones para poder alimentarlos (a ellos, candidatos) y alimentarnos (a nosotros, indiferentes). Me duelen aquellos pueblos en la mitad del conflicto para quienes las encuestas y las guerras sucias no son problemas. De hecho, más de la mitad de este país no conoce la traducción, el significado o la aproximación al término ‘hacker’. Para ellos la campaña de muerte no se reduce a eso; les es ajena o no la comprenden. Para ellos la verdadera guerra sucia es la del dueño del revólver que apuntándoles en la cabeza les obligue el próximo domingo a votar por quien una voz (tan arriera como la de ellos) les indique.
También me duele el embalse seco que, desde hace cinco meses, veo todas las mañanas, cuando voy para mi lugar de trabajo. Me duelen los más de 3.000 desplazados de las dos últimas semanas en el Chocó, a causa de los enfrentamientos entre los innumerables actores armados: asesinos, sin eufemismos. Me duele el río Quinamayo de Santander de Quilichao que extraña sus árboles, sus armadillos, sus loros, su agua.
Me duelen los muertos que dejó la final del fútbol esta semana y los que va a dejar cualquier partido del mundial porque yo sí sé quién gana con ese circo: gana la muerte, la ignorancia, la sangre incoagulable de esta patria boba.
Con este panorama para mí ahora es mucho más fácil decidir por quien votar. Yo voto por mí; por mi escrutinio moral y espiritual constante (lo que implícitamente redundará en usted, en este país y en este mundo) ¡Haga lo mismo! ¡Vote por usted! Lo invito al lanzamiento formal de una campaña de trabajo personal que es la única efectiva, garantizada y en la que usted puede ser veedor, juez y parte. Trabaje en su conciencia porque trabajar en la de los demás es atrevido, desgastante y, lógicamente, imposible.

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